Oración de la mañana
Salmo 63:1–8; Salmo 149 (Reina-Valera 1909). Liturgia de las Horas, Semana III.
Salmo 63:1–8
1Dios, Dios mío eres tú: levantaréme a ti de mañana: Mi alma tiene sed de ti, mi carne te desea, En tierra de sequedad y transida sin aguas;
2Para ver tu fortaleza y tu gloria, Así como te he mirado en el santuario.
3Porque mejor es tu misericordia que la vida: Mis labios te alabarán.
4Así te bendeciré en mi vida: En tu nombre alzaré mis manos.
5Como de meollo y de grosura será saciada mi alma; Y con labios de júbilo te alabará mi boca,
6Cuando me acordaré de ti en mi lecho, Cuando meditaré de ti en las velas de la noche.
7Porque has sido mi socorro; Y así en la sombra de tus alas me regocijaré.
8Está mi alma apegada a ti: Tu diestra me ha sostenido.
Salmo 149
1Cantad a Jehová canción nueva: Su alabanza sea en la congregación de los santos.
2Alégrese Israel en su Hacedor: Los hijos de Sión se gocen en su Rey.
3Alaben su nombre con corro: Con adufe y arpa a él canten.
4Porque Jehová toma contentamiento con su pueblo: Hermoseará a los humildes con salud.
5Gozarse han los píos con gloria: Cantarán sobre sus camas.
6Ensalzamientos de Dios modularán en sus gargantas. Y espadas de dos filos habrá en sus manos;
7Para hacer venganza de las gentes, Y castigo en los pueblos;
8Para aprisionar sus reyes en grillos, Y sus nobles con cadenas de hierro;
9Para ejecutar en ellos el juicio escrito: Gloria será esta para todos sus santos. Aleluya.
Oración del mediodía
Salmo 119:113–120; Salmo 79:1–5, 8–11, 13; Salmo 80 (Reina-Valera 1909). Liturgia de las Horas, Semana III.
Salmo 119:113–120
113Los pensamientos vanos aborrezco; Mas amo tu ley.
114Mi escondedero y mi escudo eres tú: En tu palabra he esperado.
115Apartaos de mí, malignos; Pues yo guardaré los mandamientos de mi Dios.
116Susténtame conforme a tu palabra, y viviré: Y no me avergüences de mi esperanza.
117Sosténme, y seré salvo; Y deleitaréme siempre en tus estatutos.
118Hollaste a todos los que se desvían de tus estatutos: Porque mentira es su engaño.
119Como escorias hiciste consumir a todos los impíos de la tierra: Por tanto yo he amado tus testimonios.
120Mi carne se ha extremecido por temor de ti; Y de tus juicios tengo miedo.
Salmo 79:1–5, 8–11, 13
1Oh Dios, vinieron las gentes a tu heredad; El templo de tu santidad han contaminado; Pusieron a Jerusalem en montones.
2Dieron los cuerpos de tus siervos por comida a las aves de los cielos; La carne de tus santos a las bestias de la tierra.
3Derramaron su sangre como agua en los alrededores de Jerusalem; Y no hubo quien los enterrase.
4Somos afrentados de nuestros vecinos, Escarnecidos y burlados de los que están en nuestros alrededores.
5¿Hasta cuándo, oh Jehová? ¿has de estar airado para siempre? ¿Arderá como fuego tu celo?
8No recuerdes contra nosotros las iniquidades antiguas: Anticípennos presto tus misericordias, Porque estamos muy abatidos.
9Ayúdanos, oh Dios, salud nuestra, por la gloria de tu nombre: Y líbranos, y aplácate sobre nuestros pecados por amor de tu nombre.
10Porque dirán las gentes: ¿Dónde está su Dios? Sea notoria en las gentes, delante de nuestros ojos, La venganza de la sangre de tus siervos, que fué derramada.
11Entre ante tu acatamiento el gemido de los presos: Conforme a la grandeza de tu brazo preserva a los sentenciados a muerte.
13Y nosotros, pueblo tuyo, y ovejas de tu dehesa, Te alabaremos para siempre: Por generación y generación cantaremos tus alabanzas.
Salmo 80
1Oh Pastor de Israel, escucha: Tú que pastoreas como a ovejas a José, Que estás entre querubines, resplandece.
2Despierta tu valentía delante de Ephraim, y de Benjamín, y de Manasés, Y ven a salvarnos.
3Oh Dios, haznos tornar; Y haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.
4Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Hasta cuándo humearás tú contra la oración de tu pueblo?
5Dísteles a comer pan de lágrimas, Y dísteles a beber lágrimas en gran abundancia.
6Pusístenos por contienda a nuestros vecinos: Y nuestros enemigos se burlan entre sí.
7Oh Dios de los ejércitos, haznos tornar; Y haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.
8Hiciste venir una vid de Egipto: Echaste las gentes, y plantástela.
9Limpiaste sitio delante de ella, E hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra.
10Los montes fueron cubiertos de su sombra; Y sus sarmientos como cedros de Dios.
11Extendió sus vástagos hasta la mar, Y hasta el río sus mugrones.
12¿Por qué aportillaste sus vallados, Y la vendimian todos los que pasan por el camino?
13Estropeóla el puerco montés, Y pacióla la bestia del campo.
14Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora: Mira desde el cielo, y considera, y visita esta viña,
15Y la planta que plantó tu diestra, Y el renuevo que para ti corroboraste.
16Quemada a fuego está, asolada: Perezcan por la reprensión de tu rostro.
17Sea tu mano sobre el varón de tu diestra, Sobre el hijo del hombre que para ti corroboraste.
18Así no nos volveremos de ti: Vida nos darás, e invocaremos tu nombre.
19Oh Jehová, Dios de los ejércitos, haznos tornar; Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.
Oración de la tarde
Salmo 122; Salmo 127 (Reina-Valera 1909). Liturgia de las Horas, Semana III.
Salmo 122
1Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos.
2Nuestros pies estuvieron En tus puertas, oh Jerusalem;
3Jerusalem, que se ha edificado Como una ciudad que está bien unida entre sí.
4Y allá subieron las tribus, las tribus de JAH, Conforme al testimonio dado a Israel, Para alabar el nombre de Jehová.
5Porque allá están las sillas del juicio, Las sillas de la casa de David.
6Pedid la paz de Jerusalem: Sean prosperados los que te aman.
7Haya paz en tu antemuro, Y descanso en tus palacios.
8Por amor de mis hermanos y mis compañeros Hablaré ahora paz de ti.
9A causa de la casa de Jehová nuestro Dios, Buscaré bien para ti.
Salmo 127
1Si Jehová no edificare la casa, En vano trabajan los que la edifican: Si Jehová no guardare la ciudad, En vano vela la guarda.
2Por demás os es el madrugar a levantaros, el veniros tarde a reposar, El comer pan de dolores: Pues que a su amado dará Dios el sueño.
3He aquí, heredad de Jehová son los hijos: Cosa de estima el fruto del vientre.
4Como saetas en mano del valiente, Así son los hijos habidos en la juventud.
5Bienaventurado el hombre que hinchió su aljaba de ellos: No será avergonzado Cuando hablare con los enemigos en la puerta.